Nace en 1908 en Orio, en el País Vasco y fallece en
el año 2003 en San Sebastián. Oteiza no solo era artista, también era cineasta,
antropólogo, filósofo y poeta, una persona muy culta que empezó la carrera de medicina,
dicha formación le ayudó mucho, aunque también se le conoce por su gran
carácter.
Más tarde abandona medicina y viaja a Sudamérica
donde comenzara a dar clases de escultura, allí descubre la escultura precolombina
y queda fascinado por ella.
A partir de 1948 su arte evoluciona hacia una
escultura más abstracta, pero sin alejarse mucho de la figuración en lo que se refiere
a personas, hasta el año 1958 en el que su arte evoluciona a un nivel aún más
abstracto.
Al igual que Chillida, el elemento protagonista en
sus obras es el vacío, Chillida afirmaba que hay que vaciarse a uno mismo de
ego para que puedan entrar cosas nuevas, por lo tanto, es un elemento a
destacar en la obra de análisis, “Los apóstoles”.
En 1950 le encargan a Oteiza las esculturas del
santuario de Aránzazu, junto con otros artistas modernos. “El santuario ha sido
custodiado desde 1503 por la orden franciscana y un centro de peregrinación regional”
(Martínez. 2011. p.140), el lugar está escondido entre las
montañas, el cual inspiró mucho a Oteiza.
Es interesante pensar por qué Oteiza esculpió
catorce apóstoles cuando eran doce, personalmente quizá para que fueran pares,
o para incluir a María Magdalena y a otro discípulo.
Las esculturas son muy parecidas a “El koreano”, están
huecas por dentro, ahí vemos el protagonista de las obras de Oteiza, el vacío,
él mismo Oteiza dijo: “son como animales sagrados abiertos en canal”, si damos
un paso más allá, podemos pensar que habla de la pureza de los apóstoles, de
cómo se vaciaron de mal y se dedicaron a seguir a Jesucristo.
También si nos ijamos las estatuas parecen estar
bailando, celebrando que Jesucristo ha resucitado, y no sólo eso, parecen que
siguen un movimiento como si se tratase de una animación, el movimiento lo comienza
uno y lo completa el siguiente. Además, “La cabeza del noveno apóstol, que
funciona como un retrato de Iñaso Sarasúa, patrón de la trainera de Orio,
carece de ojos, puesto que el artista entiende que en la oración se cierran los
ojos y se borra el rostro.” (Oteiza, 2003 p. 110).
Oteiza es capaz de dar más datos y reflexión en unas
estatuas no tan detallas y creo que solo por eso debería ser más estudiado. José
Luis L. Aranguren escribió: “El arte abstracto parece en teoría especialmente
dotado para acercarse plásticamente al Dios desconocido.” (Muñoa, 2009, p.118)
Bibliografía
Soledad Álvarez, Oteiza:
pasión y razón, (2003) España. Editorial Nerea.
Pilar Muñoa, Oteiza:
la vida como experimento, (2009) España. Alberdania
Carlos Martínez Gorriaran, Oteiza: el hacedor del vacío, (2011), Madrid. Editorial Marcial Pons.
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